El sábado 18 me desperté cerca de las 11:00 de la mañana. Llamé por teléfono a una de mis primas en Mérida para invitarla a ella y a su hermano pero ella andaba con el novio haciendo unas compras para un campamento que está organizando y mi primo andaba en la iglesia haciendo no_sé_qué…
Ni modo, como este había sido en sí el motivo del viaje, pues no me quedó de otra que ir solo al cine. Había el tiempo exacto para la primera función, así que tomé un autobús, llegué compré mi boleto, unas palomitas con caramelo de desayuno y una botellita de agua para el empalagamiento.
Disfruté muchísimo la película por varias razónes. La primera, creo que fue lo único que realmente valía la pena en esa semana en las carteleras. Segundo, pues está dirigida por Steven Spielberg quien es uno de mis directores favoritos.
Fiel a mi manía por el comportamiento humano sabía que iba a encontrar mucho material en ella y Spielberg no me defraudó. Sobre todo porque es en las situaciones adversas en donde todos dejamos mostrar el cobre, como se dice comúnmente.
A mi parecer, la película es imparcial y va mucho más allá de contar la historia del atentado en los juegos olímpicos de Munich. La idea de que es parte de la campaña antiterrorista a como la entienden los EUA es algo que no comparto, aunque sí creo que es antiterrorista en el sentido de que la violencia siempre engendrará violencia y finalmente no resuelve nada.
Y es que, al final de cuentas, todos somos terroristas, ¿no? Digo, partiendo de la definición de que el terrorismo consiste en obtener lo que queremos sembrando miedo, somos terroristas desde que le decimos a un niño “duérmete o viene el coco”. (“Ahí viene el tlacuache”, recuerdo que le decíamos a Misael). Claro, nuestro concepto actual de terrorismo es el que involucra la pérdida de vidas humanas, de civiles, y en eso es que se enfoca la película.
En lo personal, conocía sólo vagamente de ese atentado en unos juegos olímpicos y, por supuesto, no sabía yo de las represalias tomadas por Israel. El marco, nada más y nada menos que los juegos olímpicos, el principal símbolo de la hermandad entre las naciones desde la época antigua ya que incluso se decretaba una tregua divina para su celebración.
Recuerdo que pensé al principio de la película, justo en las escenas del atentado, “¡Chin! Tan de luego en Alemania.”, y me dió gusto después confirmar mi apreciación en la escena en la que Golda Meir dice: “Siguen muriendo judíos en Alemania“. Me puse a pensar rápidamente en ese sentido de culpabilidad alemana con respecto al genocidio de la Segunda Guerra Mundial y mucho me temo que eso fue lo que les llevó a echar todo a perder en el rescate. ¡Tómala! Llovido sobre mojado…
Me habían comentado anteriormente que la película trataba “del atentado en los juegos olímpicos y que luego Israel contrataba unos matones para ir matando uno por uno a los que hicieron el atentado”… Y no sé si se equivocaron o yo entendí mal, pero me llevé una sorpresa al ver que no era a los que realizaron el atentado los que iban cazando sino, en todo caso, a los organizadores; factor que me pareció muy importante en la trama.
Así las cosas la película nos ofrece una ensala de emociones, reacciones y comportamientos muy disfrutable. Decía yo hace unos momentos, por ejemplo, de lo que habría llevado a los alemanes a actuar tan apresurada y torpemente. Luego, la reacción de la Primer Ministro y cómo toma la decisión.
Pero lo realmente bueno está en el grupo encabezado por Avner (Eric Bana). Tenemos a Steve quien disfruta realmente de estar desapareciendo enemigos y por el otro lado a Robert quien no deja de pensar en el cumplimiento de las mitsvot. En medio de ellos, el líder con sus propios conflictos internos y familiares y su propio bagaje psicológico (cuidado, educado y crecido prácticamente por el Estado y su formación militar).
A la mitad de las ejecuciones que tenían qué hacer, el cazador pasa a ser la presa y entonces comienza para él el verdadero conflicto que se recrudece en paranoia y el miedo, el terror, de saber su vida en peligro, y la de su esposa, y la de su nena.
La actuación del que la hizo del Marqués de Sade (no me viene el nombre ahora), me pareció buena también, representando a los judíos que quieren el Estado de Israel pero no precisamente asociado a lo tradicional, a lo que, a fin de cuentas, no permitió a lo largo de tantos siglos, la asimilación de este pueblo entre las naciones en las que se hayaba disperso.
Como nota al margen, disfruté mucho también identificando cosas asociadas a la cultura judía; cosas que me ayudaron a poder ver mejor el panorama completo.
Altamente recomendada, no se la pierdan. De mi parte, si alguien me invita a ir a verla de nuevo, con mucho gusto y seguro va a la colección de DVDs.


















