Lunes 23 de enero de 2006
En domingo es que para mí inicia la aventura del trabajo. Me levanto casi inmediatamente después de que mi familia sale para la iglesia, aunque en esta ocasión todavía alcancé a mi mamá en casa el tiempo suficiente para que me dejara encargado de apagarle a la comida a tal hora.
Pongo a cargar todos los aparatitos que llevo conmigo, checo correos, reviso el estado del tiempo y hago la maleta… Camisas, playeras, ropa interior, calcetines, etc… todo en número suficiente y comparado con el check list mental que dejan 4 años de hacer este viaje cada mes. Se toma en cuenta el clima, la época del año, la probabilidad de mal tiempo.
Luego siguen los artículos de higiene personal. No los meto a la maleta de una vez pues todavía tengo que usarlos pero sí digamos que quedan ya separados y a mano. Hay otras cosas que nunca salen de la maleta y que van y vienen conmigo. Por eso, cuando las sacan de ahí, me han llegado a causar estragos… como la vez pasada que me dio gripe y el Sensibit D no apareció por ningún lado. :-/
Luego viene la mochila de mano. Todos los aparatejos tecnológicos ahi van; el estuche de CDs (mi principal herramienta de trabajo), la memoria, la Pocket (en la que ya tengo grabados todos los procedimientos; ya me los sé de memoria pero siempre es bueno traerlos a mano)… el iPod, el celular, la credencial, la gorra, los libros, un DVD por si me da ganas de ver algo… los audífonos para usar el Skipe, la chamarra.
Regresa mi familia y nos sentamos a comer. Los alimentos en mi casa los domingos siempre son frugales y/o sencillos… o se compran. Pruebo por última vez en este mes comida casera… mmmmm
Ahora seguirán dos semanas de comer en restaurante. Créanme, llega a cansar. Con gusto cambiaría el “pavo en salsa de ciruela” por un “relleno negro” y el “lomo al horno con piña” por un “frijol con puerco”. Ni hablar…
Salgo, como siempre, 15 minutos antes de la hora señalada en el boleto. Las carreras de última hora y los “te va a dejar el camión” de mi familia, aderezados con besos y abrazos son la despedida. No alcancé esta vez la llamada de mi hermana. Me lleva mi papá y entro a la terminal justo en el momento que anuncian por primera vez “Pasajeros con detino a Carmen…” (lo sé porque veo que en ese momento se levantan varias personas de sus asientos y se dirigen a los andenes).
Ya en el autobús, veo con quién me tocó compartir asiento… Nadie interesante, así que más vale clavarme los audífonos y dormir todo el viaje.
Después de 3 horas de viaje, llego a Carmen. Tomo un taxi (pésimo servicio, el peor) y me voy al hotel. Me registro, entro a la habitación, tiro las maletas y corro al baño… “Aaaaahhh”, ya me andaba… :-Þ Le envío un mensaje a Sergio avisándole que ya estoy en Carmen, me contesta que me va a ver al hotel en unos 45 minutos, tiempo que yo aprovecho, primero, para salir a dar una caminada al centro y comprar alguna chuchería y, segundo, para tomar un baño y ponerme algo más apropiado para salir que para viajar.
Llega Sergio y después de un rato nos vamos al cine. Esta vez algo de melcocha con “Amor en juego” (Drew Barrymore y Jimmy Fallon). Una historia con todos los ingredientes para mandarse al diablo el uno al otro pero que, de repente, se dan cuenta que se aman… Yo no sé qué le pasa al cine o si de plano escojo ver películas realmente huecas. En fin, seguirá siendo mi entretenimiento preferido, así que mejor me callo.
A la salida, el hambre ya me acosaba, así que nos dirigimos a “El Portón” que acaban de abrir en Cd. del Carmen. Nunca había comido en uno, así que como primera impresión me gustó. Habrá que ver en otra ocasión, a la hora de la comida para poder dar un mejor diagnóstico.
La charla con Sergio tomó, por enésima vez, el sendero de su problema para manejar la soledad y su “necesidad” de encasillar las situaciones en esquemas. Nuevamente le explico que eso de los esquemas es sólo un punto de referencia, un estado óptimo pero que no es un hecho que se refleje en la vida real como por arte de magia.
Cuando me doy cuenta es media noche y eso significa que sólo podré dormir cuatro horas y media… ¡Uuuuufff! Nos despedimos, tomo un taxi (¡cómo los odio en Carmen!), me voy al hotel y me obligo a dormir.