Después de cuatro días de ausencia, aquí estoy de nuevo. En verdad que esto de los Blogs es como ir al gym: hay que hacerse la disciplina de trabajar en él porque si no, al primer descanso, ya no dan ganas de escribir nada. :-Þ Así que agradezco a las 3 personas que han estado empujándome para continuar.
Voy a procurar estar escribiendo 2 registrados diarios hasta haber cubierto los acontecimientos importantes en estos días en que no escribí. Así que por el momento, les dejo con el correspondiente al
Jueves 19 de enero de 2006.
NOTA: Este artículo comencé a escribirlo off-line, justo antes del viaje de regreso. Quedó inconcluso y por eso ya no lo publiqué. Ahora lo entrego completo, pero como tengo flojera de re-estructurar lo que ya había escrito, el principio del mismo está “tal cual”.
Ni manera, no hay plazo que no se cumpla y al rato estaré tomando el avión que me llevará a la Ciudad Blanca. Pero como todavía me queda una hora, aprovecho para escribir y contarles lo último.
Veamos… ¿cuándo es que fui al Cirque Du Soleil? ¡Ah, si! El martes… Bueno, ayer miércoles, decidido a hacer algo con el bendito pie, salí por los alrededores porque me pareció haber visto una pancarta que anunciaba a un quiropráctico… Lamentablemente no lo encontré, pero sí me hallé de repente frente a un grupo de personas en un parque que tenían un anuncio de que se tallaba y se curaban quién sabe cuántas cosas más. Así que decidí probar. Total, pensé, si no me soluciona el problema, al menos el masajito será rico.
Y en efecto, el problemilla no se me quitó del todo pero después del masaje y una buena venda pues ya pude al menos desplazarme más rápido y con pasos más seguros. Así que ni tardo ni perezoso, me enfilé a pasear todo lo que no había paseado estos días en que la molestia del pie era realmente limitante.
Revisé la cartelera teatral y escogí ir a ver “Baño Turco”. Tomé nota de la ubicación y me enfilé al Foro de la Comedia, situado en calle paralela a Insurgentes Sur. Como era bien temprano (entre el medio día y la una de la tarde), no estaban siquiera vendiendo boletos, así que decidí caminar un poco por los alrededores, hacia el norte. Así llegué a una plaza comercial (Plaza Insurgentes, me parece) y entré.
Me dediqué a recorrerla un rato, me comí un postrecito de “El Globo” por recomendaciones de mi amigazo Mario “el de Carmen”. (Tengo que ponerlo así para diferenciarlo de Mario “el de Campeche” y de Mario “el de Mérida”, que son los 3 principales Marios con los que convivo
)
Estuve deambulando y curioseando un rato por las tiendas, al tiempo que decidía mentalmente qué comer. Por fin, me decidí por probar una pasta en un restaurante llamado “Mamá Rosa’s” especialistas, según ellos mismos, en pizzas a la leña y pastas. “Mucho que te costó decidirlo”, pensarán aquellos que conocen mi debilidad por las pastas… je je je
Me llamó la atención la homofonía entre “Mamá Rosa’s” y “Mamma Roma” que es otro restaurante de comida italiana que me podido visitar en Cancún (ignoro si haya en algún otro lugar), pero lo importante a fin de cuentas es que todo estuvo realmente rico. La pasta al dente, como debe ser y con sabor especial aun sin aderezo. Eso sí, aunque se notaba igual la fabricación en casa, el fetuccini era más delgado y las tiras más uniformes que el que he probado en otros lugares.
Era realmente tan rico que no pude evitar contarle de inmediato mediante mensajitos de celular a Carlos, quien es otro fanático de las pastas. Además, sirve para no sentirse uno como un tonto comiendo solo.
Después de la comida, me dirigí a los Cinemex que están en esa misma plaza y entré a ver “Soldado Anónimo“. De esta película me había comentado ya Carlos, así que entré a verla. No me pareció nada fuera de lo normal. Una historia más de soldados… pero sin guerra (en escena, porque la película se desarrolla durante la Primera Guerra del Golfo), con todos los ingredientes de películas propias de soldados: comienzan con malos tratos por parte de los superiores (formación, le dicen), maldades de los otros soldados (compañerismo, le dicen), hasta llegar a la camaradería tipo hermandad y el respeto de los superiores… todo esto salpicado aquí y allá con testosterona y harta adrenalina. Resaltan sí, la situación frustrante de los marines que luego de ser entrenados para la guerra, no hacen un solo disparo a no ser para regresar con menos peso sobre sus espaldas.
Salí ya más de las 7:00 de la noche, así que ya no alcancé esa función de teatro. Igual, me encaminé de regreso al mismo para comprar una entrada para la función de las 8:30. Maté el tiempo restante caminando otro poquito por los alrededores y tomando una naranjada en el Bisquet’s Obregón que está justo en frente del teatro. Cuando vi que comenzaron a pasar las personas que estaban a la entrada del teatro, pagué y crucé la calle para entrar.
El teatro, si es que puedo llamarle así, consta de un pequeño escenario con butacas en frente, a su izquierda y a su derecha que, si acaso, llegan a las cien. La escenografía, una mampara corrediza (hueca, por supuesto, para poder ver), una banca, una silla y un par de banquillos… ¡ah! lo olvidaba, un par de maniquíes (rotos, por cierto), que nunca entendí bien a bien si pretendían ser adornos tipo estatuas renancentistas o, simplemente, otras personas más que andaban en el lugar.
Los actores, 5 en total, ejecutan la obra en dos actos que se desarrolla íntegra en un baño de vapor (de ahí el nombre “Baño Turco”), todos ellos vestidos sólo con una toalla a la cintura aunque 3 de ellos hacen un desnudo en un momento dado de la historia. La misma, transcurre entre entradas y salidas de la parte tras la mampara y la parte ante la mampara… y yo no diría que sea una historia propiamente dicha, sino más bien una colección de chistes (crueles algunos), clichés y situaciones comunes en la idiosincracia gay.
Así, puede verse interactuando al encargado del baño quien complementa sus ingresos dando “masajes” al gusto (Abel). Un muchacho con deficiencias físicas (hacia él eran los “chistes” crueles) que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por un beso en la boca (Salomón) pero fuera de eso, el más estable. “La jotita” (Emir) quien es el que habla más que todos y el que ironiza, burla, critica y demás poses propias del “género”. Luego tenemos a Mario (al principio, nombre falso) que luego pasa a ser David (cuando se entiende que da su nombre real pero porque hubo que le interesó). Finalmente está Omar, quien dice ser su primera vez en esos lugares y, aunque lo niega de palabra, cree que ahí encontrará el amor.
Como era de esperarse, no hay moraleja, enseñanza o nada parecido… y casi me atrevería a decir que ni conclusión, a no ser esas frases que van soltando cada uno diciendo “que sí pero no” y “no pero sí”… y que todo depende de cómo lo entiendas y veas las cosas. En resumen, exclusivamente para divertirse y eso si llegas con conocimiento previo de cómo transcurren las cosas en un vapor… ya sea de primera mano o porque “te contaron”.
Bueno, igual sirve para que primero la veas y luego vayas a averiguar por ti mismo.
Al salir del teatro, eran aproximadamente las 10:00 de la noche y por curiosidad decidí usar el Metrobús. Claro que mi curiosidad llegó sólo hasta la Zona Rosa… je je je Ahí me la pasé caminando por las calles y curioseando en uno que otro local. En eso, vi un lugar en el que había hasta gente haciendo cola para entrar. Seguí caminando pero al regreso vi menos gente y ya me acerqué. El lugar es una tal plaza ángel o plaza del ángel y en uno de sus locales está una disco. Entré, pero más tardé en entrar que en salir porque estaba lleno a reventar y ya saben que mi demofobia no me permite estar en un lugar así.
Como ya me habían dado ganas de tomar un par de cervezas terminé entrando a otro bar con mucho más espacio disponible y que, por demás señas, se encuentra en un sótano. Pedí una cerveza y me senté en uno de los tubos que corren a lo largo de las paredes a modo de gradas para mi entretenimiento favorito cuando voy a un antro: ver a la gente bailar. Me gusta porque te permite tanto disfrutar de un buen baile, como de reírte (claro, para mis adentros) de quienes exageran o carecen de movimientos o armonía entre ellos.
Iba yo por las tres cuartas partes de mi primera “chela” cuando se me acercó una persona a preguntarme que si me molestaba la interrupción y que si podía sentarse ahí junto que porque vió que yo estaba solo y que él también estaba solo. ¡D–s, qué amable es la gente aquí!, me dije después de unos minutos… porque hasta me preguntó que si no me estaba yo aburriendo y que si quería ir yo a otro lado que con gusto podía ser mi guía. Incluso, que si quería conocer yo su casa y, finalmente, que me podía echar el “aventón” a la mía.
Claro, uno no puede ser un “conchudo” así la amabilidad escurra como la miel, por lo que muy amablemente rehusé causarle molestias de cualquier tipo. En su lugar, le invité una cerveza cuando fui por la segunda que tenía planeado tomarme. Con esto y el decirle “no soy de aquí, estoy de paseo”, bastó para que hablara, y hablara… y hablara…
Me contó que se dedica a la fotografía, que vive sin compañía (lo cual repitió tantas veces que hasta me pareció temerario en una ciudad tan insegura), que no le gusta mucho la fotografía digital y que no le gusta “eso de los correos electrónicos”.
Ya cerca del final de mi segunda cerveza me dijo ahora que había ido con un par de amigos pero que se habían quedado en no sé qué lado. “Si claro, adelante”, le dije y me despedí. Me dejó su número que ahora que estoy escribiendo esto, no sé en dónde quedó. Bueno, si lo llego a encontrar le echaré una llamada por el Skype.
Terminé la cerveza, salí, tomé un taxi y me fui a casa a dormir.
Les dejo porque se me antojó meterme un rato al sauna… Digo, para el desestrés.